jueves, 22 de septiembre de 2011

Y por fin llegó el otoño.

Hojitas cayendo

Ayer, según el calendario, había empezado el otoño, pero la verdad, frío, lo que es frío, no hacía. Salí a las 8, siendo ya de noche, al súper que está como a un kilómetro de la residencia vestida sólo con unos vaqueros de verano, una camiseta fina y una sudadera. Y tan tranquila.

No entiendo a la gente aquí, en serio. Según llegué, el 30 de agosto, hubo momentos en los que a pesar de estar en camiseta de manga corta y tener calor, veía a niños embutidos en abrigos de invierno con bufanda. ¡Y se supone que ellos saben lo que es el frío de verdad! Pues ayer igual, en teoría unos 17 grados y la gente con abrigos... Empiezo a pensar que esto es como en Madrid, que tanta calefacción y tanto aire acondicionado los vuelve "blandos" a las temperaturas extremas. Recuerdo aquella compañera de trabajo madrileña que se moría de calor y yo le decía "¿pero tú  no eres de Madrid? ¡si allí en verano te asas!" y ella me respondió "Qué va, en Madrid en verano, 18 grados en todas partes." Nada, o eso o es que los gallegos somos duros de verdad y yo no lo sabía. (Me enteraré de verdad en diciembre, si muero, entonces va a ser que no.)

Sin embargo... sin embargo hoy la cosa cambió. Sólo un poco en realidad.

Al salir de la residencia pensé que me llegaría con una chaquetita fina y un floulard (y me llegó, que estaré más allá del norte, pero sigo siendo una chicarrona del norte, jaja). Y a pesar de todo...

El "patio" delantero de un colegio. El de atrás parece un bosque (ojalá en España nos comiésemos en asfalto con patatas y dejásemos a los niños corretear entre árboles y sobre césped, el "patio" de este cole da muchísima envidia)

... y es que parece que el otoño ha decidido entrar, es cierto.

Cuando salía de la universidad (aquí de la biblioteca te echan a las siete de la tarde...) empezó a llover. Abrí mi paraguas y pensé que hacía fresquillo y si me mojaba iba a pasar frío. Pero... tuve un arrebato y en vez de ir por Rigas iela (la calle principal) decidí ir por ese caminito que descubrí investigando y me resulta mucho más acogedor.

No me equivoqué. La estampa otoñal más hermosa, más de postal, que me había cruzado en mucho tiempo de camino a casa, así da gusto.


Llovía, muy poco, muy suave. A cada arrebato de viento, las hojas de los árboles perennes caían como en una lluvia de color castaño. Lenta, delicada. El sonido, esa suavidad entre las ramas. Mágico.

Por no hablar del olor. Esa mezcla entre piedra, hierba, corteza y musgo mojados. ¡Y también olía a fuego! Ese olor a madera quemada en el aire que yo sólo soy capaz de relacionarlo con un incendio forestal, aquí, en realidad, no es más que el olor de las chimeneas encendidas.

Otoño, otoño de verdad. Corto, pero intenso.

El otro día incluso me cayó una bellota en el hombro. Me hizo daño.

1 comentario:

  1. Me parece genial la idea de este blog, para comentar tus impresiones, tus vivencias y que sea como un pequeño cajón de sastre(o cajón desastre?) en el que cabe todo.
    Yo por mi parte te comentaré alguna cosilla de aquí, vale?
    Hoy vino a verme a la tienda tu padre con Susanita, pero apenas estuve con ellos ya que fué al cierre y ya me iba para casa, de todas formas a tu padre le hice un encarguito para mañana, ya que ahora que es un hombre prejubilado tiene todo el tiempo del mundo.
    Besitos y sigue escribiendo.

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